YAGUAR en guaraní , YAGUARETÉ (yaguá - eté, fiera de verdad en guaraní), JAGUAR, OTORONGO, UTURUNKU en quechua, NAWUEL en mapuche, BALAM en maya, OCELOTL en mexica, ONCA PINTADA en Brasil y TIGRE para los españoles recién llegados a América.
/Panthera Onca/
El estado de conservación, se halla casi amenazado. Su presencia se hubo verificado en casi toda el continente americano, donde su culto , fue intenso en todas las culturas prehispánicas, su imagen, partes de su cuerpo como la piel, los colmillos, sus patas, fueron objeto de veneración y símbolo de poder y de status social. Transformado en deidad en la cosmogonía olmeca, el hombre-jaguar o el guerrero jaguar del pueblo mexica, con rasgos felinos y humanos fue ampliamente reverenciado, así que las altas clases dominantes precolombinas se identificaron con el jaguar como representación de realeza, de poder, de valentía y de guerra. Entre los mayas, el jaguar o "señor de la noche" queda conectado con el inframundo a través de las prácticas de chamanes que le atribuye habilidades sobrenaturales, y por esta creencia, su tránsito entre el mundo de los vivos y de los muertos se vuelve algo naturalmente aceptado. Asociado a la oscuridad, dueño de la selva y del paisaje, los mayas creían que el jaguar provocaba los eclipses (en maya de Yucatán llamados chi'bil k'in: mordida del sol) cuando intentaban devorar a los astros celestes. Lo incorporaron a sus máscaras, a sus esculturas y a su panteón. El chamán se enfrentaba a un jaguar en su trance; si el chamán ganaba la contienda, podía dirigir la energía del universo hacia el bien, pero si el felino prevalecía, se transformaba en un monstruo que lo devoraba todo. El par luz-oscuridad, civilización-barbarie, hombre-bestia quedaba perfectamente bosquejado en la contienda.
Brasil es el país con más presencia de jaguares en América, alrededor de 30.000 individuos, seguido por México con 4000 individuos, donde Yucatán es la región más poblada por estos felinos solitarios. La Red Yaguareté en Argentina, estima que quedan menos de doscientos cincuenta yaguaretés adultos en todo el país, con presencia en la región chaqueña, las yungas de Salta y Jujuy y en la Selva Misionera o Paranaense. Pero, la reducción de sus territorios por la áreas de cultivo y el ser objeto de caza, ha mengüado considerablemente su número. Recordemos que el territorio de la hembra cubre entre 25 y 40 km2 y el del macho el doble, territorio que marcan con orinas y heces o con arañazos en los árboles y vocalizaciones. Los ejemplares que se pueden encontrar aún, recorren las orillas de los ríos en busca de capibaras, yacarés, armadillos, camoatís, pecarís y otros habitantes de las selvas tropicales, cuando no ganado de los hacendados locales. Animal sumamente esquivo, fantasmagórico en sus costumbres, con un camuflaje natural perfecto, es el mayor depredador, un superdepredador de las selvas tropicales. Al estar en la cúspide de fortaleza y habilidades en su habitat, en estado salvaje no tiene depredadores, sólo el hombre y su conducta han logrado la casi extinción de este formidable animal. Su mordida es la más potente entre los felinos, y la apertura de sus mandíbulas es de entre 65 a 70 grados, llegando a perforar y destruir el cráneo de sus presas con los colmillos. Es habilísimo para tender emboscadas desde puntos ciegos y con un gran salto hacia la víctima, incluso dentro del agua, eligiendo cuidadosamente a sus presas a las que puede arrastrar incluso si pesan incluso hasta 400 kilogramos. Sus manchas tienen un único patrón y no se repiten en otros sujetos de la especie, lo cual los hace individualizables. Pero existen fenómenos como el melamismo, por el cual un exceso de pigmento colorea de negro su pelaje, asemejándolo a panteras o bien, el albinismo, menos frecuente, que decolora su pelaje hacia el blanco. Estos individuos se conocen como "panteras blancas".
Las
hembras alcanzan madurez sexual entre el año y los dos años y los machos entre
los dos y los tres años. Pueden aparearse durante todo el año, el celo dura
entre los 6 y los 17 días de un ciclo completo de 37 días y las hembras
anuncian su celo con cierto olor en su orina. Durante el cortejo, la
pareja amplía su territorio. La gestación dura entre 93 y 105 díasLuego de
aparearse el macho se aleja, y la hembra queda al cuidado de los cachorros, que
son de uno a cuatro, habitualmente dos. Desde ese momento, la
hembra echará de su lado a otros machos ante el riesgo del canibalismo
infantil. Las crías son lábiles, pues nacen indefensas y ciegas -hasta
las dos semanas de nacidos-, dependiendo en forma absoluta de la madre. ésta
los desteta a los 3 meses pero, recién a los 5 o 6 meses salen de la madriguera
para acompañar a la madre en su caza y en un lapso de 1 o 2 años se separan de
la madre, para buscarse su propio territorio. La hembradel jaguar
ruge pero el macho lo hace con mayor volumen, sobre todo para competir
con otros machos por territorio o por las hembras. Su rugido es como una tos
repetida y lo combina con gruñidos y maullidos.Recordemos que estos
grandes mamíferos requieren grandes territorios y significan en sus ecosistemas
depredadores de grandes piezas de caza, pudiendo convivir con los pumas que
consumen piezas medianas a pequeñas. Con la extinción del jaguar, la población
y el tamaño de los pumas creció.
En
nuestro país, donde la Panthera Onca fue declarada Monumento Natural Nacional
en el 2001, hay un proyecto de traslado a los extensos humedales
y bañados de los Esteros del Iberá, en Corrientes; de ejemplares cautivos en
zoológicos, para que se aclimaten en zonas silvestres. Los parques protegidos
resultan poco extensos para mantener poblaciones de jaguares significativas.
Por tanto, se considera que trazar corredores que vinculen estas zonas
protegidas podría ser viable, ya que la densidad de población del jaguar es de
6 o 7 ejemplares en 100 km2. Muy lejos, al norte, especialistas en
ecología consideran que el muro fronterizo entre México y Estados Unidos
tan predicado por Trump, reducirá la posibilidad de reproducción del
jaguar en territorio estadounidense, donde casi está extinguido desde
principios del siglo XX , al impedir a los muy escasos jaguares la conexión con
las poblaciones mexicanas de este félido.

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